lunes, 26 de noviembre de 2012
De cómo inventar lo clásico
Todo esto para anunciar que, ahora, la doctora
Evangelina Rodríguez nos ofrece una obra
madura, resultado de su largo recorrido por las aulas universitarias, por
los archivos y bibliotecas, por la difícil y ardua investigación. El volumen,
recientemente aparecido, El libro vivo
que es el teatro que anunciamos al frente de estas líneas, quiere ser una
especie de gran puerta que invita a la reflexión y a la búsqueda inevitable y
necesaria de nuevas vías para conocer mejor o, simplemente, para conocer cómo
funcionó la experiencia teatral en los tablados del siglo XVII y, más tarde, en
las escenas que le han ido sucediendo a través del tiempo.
A partir de ahí, me gustaría, Ricardo, que abriéramos
nuestro diálogo, tan fructífero en otros momentos, diálogo cuya fórmula nos
servirá de plantilla para hacer una reseña a dúo sobre ese libro vivo que habla de algo tan vivo como es el teatro.
Ocurrió lo propio: el esperable artículo patriótico en
Arriba y el silencio, sobre todo el
silencio, primero porque era Ortega y
segundo porque se trataba de teatro. La dictadura nunca toleró a ninguno de
los dos.
Aquella reflexión de Ortega quedó perdida entre
miedos y desidias. La llama que la alimentaba tardó tiempo en volver a prender
en una España donde era difícil hacer teatro, el clásico más que ninguno,
puesto que era una reliquia que estaba en los libros de texto de literatura del
bachillerato, pero poco y mal donde tenía que estar: en los teatros. Y allí
terminaría convirtiéndose en una bomba, con el tiempo, a pesar de todos los
pesares, o sea, los lastres del teatro clásico en aquella España que nos
describe con clarividencia el libro de Evangelina.
Pero hay una segunda parte –anterior, como hacen
algunos novelistas– y Evangelina nos mete de sopetón en ella llevándonos al
estudio del pintor Esquivel, donde está reunida la inteligencia romántica. Aquí Hartzenbusch, aquí Martínez de la
Rosa. ¿Qué están haciendo?, nos preguntamos. Están inventando el teatro clásico español, nos explica Evangelina.
Ricardo, me gustaría que comentaras la inserción, al
principio del volumen, del cuadro de Esquivel, cuadro en el que se apoya
Evangelina Rodríguez para ilustrar el principio de su reflexión sobre Ut pictura theatrum. El teatro como
pintura o espejo de la vida humana fue, tal vez, lo que los públicos del Siglo
de Oro interpretaron para terminar dejándose llevar por la pasión de las
tablas. La lectura que hace la autora de los personajes presentes en el cuadro
de Esquivel me parece un acierto lleno de agudas observaciones y de sugerencias
para entrar en lo hondo del problema del teatro como vida.
Hay algo sobre lo que me gustaría discutir en torno a
esta larga introducción. Y es lo que la autora del libro identifica en la
gestión del teatro clásico como una vía marcada por el síndrome de afinidad “identitaria”. Yo me pregunto si esa
afinidad “identitaria” es una y única. Yo creo que no. Cada época busca la
suya, con sus aciertos y sus fracasos. Quizás hemos vivido en nuestra juventud
un momento de exaltación de esa identidad enloquecida por los “mitos eternos”.
Y quizás en otros momentos de nuestra historia, de la historia, sin el
“nuestra”, han surgido tentaciones de apropiarse los textos clásicos en
beneficio de una cierta manera de ver el mundo. El teatro áureo no puede ser
sólo arqueología. Los textos, la literatura dramática, sí lo son tal vez. Pero
el teatro áureo, que no fue arqueología, sino vida creadora, cuando se
representó en el XVII, debe surgir como sabia energía en la recreación que las
sucesivas representaciones van haciendo de aquellos temas, de aquellos
enfrentamientos humanos, de aquellas pasiones tan “actuales” como las que
pueden vivirse hoy. El teatro áureo fue vanguardia y así debe hacerse hoy
cuando se actualiza un texto dramático y se hace con el teatro en las tablas de
la escena de este tiempo histórico. Y de todos los tiempos.
Entendámonos, ese teatro existía –había existido, más
propiamente–, pero estaba dejado de la mano de Dios, y los románticos lo
recuperaron del olvido, lo cuidaron, lo editaron y lo convirtieron en nuestro
teatro clásico. Nos inventaron una identidad con algo que no tenía nada de tal.
Y la cosa funcionó bastante bien pero, cargadas las tintas en lo identitario, la exportación del producto quedó truncada,
con lo que un corpus que había transitado por Europa en el momento de su
producción (recuérdese el fenómeno Lope o el de La verdad sospechosa) dejó de hacerlo cuando se convirtió en clásico-castizo.
Los románticos salvaron el teatro barroco pero, al
mismo tiempo, lo encasillaron: lo convirtieron en arqueología. Su modernidad fue
una invención del pasado.
De rechazo, este fenómeno produce dos nuevas carencias, que nos afectan
todavía hoy y que El libro vivo que es el
teatro ilustra abundantemente: 1) la moderna teoría sobre el teatro se ha
elaborado fuera de nuestras fronteras culturales y sin contar (o contando
apenas) con el corpus teatral español de los Siglos de Oro; 2) el teatro
clásico español queda reducido así a puro texto emblemático, paradigmático,
convertido en norma.
Pero quisiera romper una lanza en contra del uso de
verbo “deconstruir” y a favor de la forma “desconstruir”.
La primera, creada por Derrida y aceptada por la RAE (“deshacer
analíticamente los elementos que constituyen una estructura conceptual”, deja
de lado una tradición presente en un texto dramático de principios del siglo
XVI. Ya he aludido a ello en otro momento. En la Égloga interlocutoria (obra escrita hacia 1509) de Diego de Ávila,
se usa el término “descostruillas” en un sentido que coincide con el que se
atribuye a “deconstruir”. El pastor Tenorio, persiguiendo al lobo, se ha
tropezado, ha caído y se ha quedado medio adormecido tras el golpe recibido.
Cuando le despiertan, otro personaje le recuerda que, mientras estaba dormido,
“cosas decías que un escribano / no supiera descostruillas”, es decir, no
sabría interpretarlas y analizar los elementos contenidos en el discurso del
pastor amodorrado. No sería malo recuperar el término usado por aquel escritor
de principios del siglo XVI, término que usó en un sentido casi idéntico al que
maneja el filósofo francés y que recoge el diccionario de la Real Academia.
Ahí queda dicho.
Y ya que andamos
proponiendo rectificaciones que tal vez puedan ser útiles, añado ahora otra que
me parece más importante. Me refiero a la lexía [sinecdótico]. Cita Rodríguez
Cuadros un pasaje de El divino Jasón
calderoniano, donde “Salen Hércules y Teseo, que son San Pedro y San Andrés,
con una aspa y una llave grande Pedro”. Los dos semas confirman que los
personajes de la mitología griega son un doble alegórico de los dos apóstoles.
Es decir, que Calderón apura el mecanismo “sinecdótico” hasta llevarlo al
terreno del mensaje evangélico. La lexía [sinecdótico] que utiliza Rodríguez
Cuadros, en mi opinión, debe modificarse. La autora, impulsada, posiblemente,
por el “anecdótico” derivado de “anécdota”, ha fijado el “sinecdótico” derivado
de “sinécdoque”. El adjetivo debe ser “sinecdóquico”. El Diccionario de la Real
Academia no recoge ni “sinecdótico” ni “sinecdóquico”. Creo que la rectificacón
se impone.
Deja claro, para empezar, que lo clásico no es ningún
acervo de valores eternos (el mercado cultural actual prefiere “valores
seguros” y, sobre todo bestsellers),
primero porque esos valores no existen y, además, porque lo instantáneo del
teatro viene a añadir una perspectiva, una distancia de extrañeza que forma
parte del juego de la trasmisión del pasado.
Así se desgrana un conjunto de dicotomías –¿imagen o
palabra? ¿arqueología o invención?– que se resuelven necesariamente por la
tangente: ambos elementos a la vez. Para ello Evangelina nos brinda una nueva
metáfora, de nuevo la pintura. Esta vez, la del valenciano Equipo Crónica (Manolo Valdés, Rafael Solbes, Juan Antonio Toledo),
que en los años de la transición repintaron unos clásicos postmodernos.
¿Qué hace el Equipo Crónica? Añadir una distancia brechtiana: una de las
condiciones para tratar a los clásicos sin que se nos mueran en la mano. La
otra condición es saber, en lo que nos toca, cómo se hacía el teatro en el
XVII, y en ese terreno se ha avanzado bastante, gracias a los investigadores
que a ello han dedicado sus esfuerzos, incluida la misma Evangelina.
La pregunta ahora es
cómo salir de este círculo aparentemente cerrado. Creo que el camino marcado
por El libro vivo que es el teatro es
una senda magnífica por la que habrá que circular, se quiera o no se quiera. Y
espero que el teatro del siglo XVI sea integrado también, con sus luces y
sombras, en el conjunto de innumerables dramaturgos
que reclaman su presencia a la hora de trazar las líneas maestras, los rasgos
diferenciales, las notas necesarias para mejorar el rendimiento y la eficacia
de la teoría general del teatro.